Tal vez aprendiste a callar mucho antes de darte cuenta de que estabas callando.
Y callar no siempre significa guardar un secreto o dejar de hablar sobre lo ocurrido. También puede expresarse en adaptarte constantemente, minimizar lo vivido, mantener el control, desconectarte de lo que sientes o evitar aquello que resulta difícil de nombrar.
Estas son algunas respuestas que pueden aprenderse frente a experiencias adversas en la infancia. En su momento, pueden cumplir una función de protección; sin embargo, en la adultez pueden seguir influyendo en la manera en que te percibes, te relacionas y comprendes tu propia historia.
Por eso, el silencio también tiene lenguaje.
El lenguaje del silencio propone una lectura psicológica y estructural para comprender cómo experiencias adversas en la infancia, entre ellas el abuso sexual, pueden organizar formas de adaptación frente al daño relacional. Así, aquello que en la adultez parece simplemente “mi manera de ser” puede empezar a comprenderse desde la historia y la función que alguna vez tuvo.
Y ese trabajo empieza contigo y ocurre desde ti. Comprender tu historia no requiere convertirla nuevamente en una conversación con quienes participaron en ella. Esta lectura ofrece un espacio personal para poner lenguaje a lo vivido, comprender algunas de tus formas de responder y reconocer qué relación pueden tener con tu historia.
El lenguaje del silencio propone precisamente ese punto de partida: comprender antes de avanzar hacia lo que todavía queda por reconocer. Empieza por aquello que hoy sigue formando parte de ti, aunque pocas veces hayas pensado en ello como una forma de silencio.