Reconocer es volver a confiar en lo que el cuerpo sabe, aun cuando la mente duda.
Este segundo cuaderno te invita a observar con respeto cómo lo que viviste sigue expresándose en ti, no como pasado, sino como presencia física: gestos, tensiones, vacíos o impulsos que conservan su propio lenguaje.
Para saber quiénes somos, necesitamos distinguir lo que fue real de lo que creemos haber imaginado.
El cuerpo guarda esa certeza.
En él permanecen rastros, reflejos y señales que hablan de lo que fue, aunque no haya una narrativa clara.
Has aprendido a tolerar lo que sientes sin tener del todo claro lo que sabes.
Reconocer abre el espacio para que la emoción y la comprensión se encuentren, y para que lo que antes era solo reacción comience a convertirse en claridad.
Tu mapa interno continúa reacomodándose: aparecen conexiones que antes no eran visibles y comienzas a entender cómo el cuerpo ha llevado la cuenta y cómo puede volver a ser una fuente de confianza y equilibrio.
Las lecturas de este cuaderno te orientan a observar tus reacciones sin juicio y con atención. A notar cómo el cuerpo expresa lo que la razón todavía no organiza:
en la tensión de una mano, en el nudo de una voz, en el cansancio que no se explica.
Escuchar el cuerpo es una forma de respeto y de cuidado.
Ignorar sus señales tiene un costo: perder la capacidad de distinguir lo que te daña de lo que te protege.
Cada comprensión cambia tu percepción, y con ello tu relación contigo y con tu cuerpo se vuelve más consciente y amable.
Reconocer es volver a ti, con la serenidad de quien decide entenderse sin negarse.