Aceptar es mirar con verdad lo que te construyó, incluso aquello que nunca elegiste.
Este tercer cuaderno es una invitación a ver las grietas como las huellas del esfuerzo por seguir adelante.
El niño que fuiste alguna vez aún vive en tus gestos, en tus palabras, en la forma en que te defiendes y te explicas el mundo.
Durante años lo cargaste —herido, relegado, negado— y lo hiciste en silencio, porque seguir era más urgente que entender.
Aceptar es reconocer que ese niño no fue débil, sino valiente; y que el adulto que eres hoy puede actuar desde la dignidad que aquel niño merece.
Es darle lugar a lo que fue: los hechos, la experiencia, el dolor, el silencio, la injusticia.
Es reconocer que ese pasado existe y que, aun así, sigues aquí.
En este punto del recorrido, el baluarte interior deja de ser solo defensa y se vuelve conciencia.
Comprendes cómo las grietas moldearon tu pensamiento, y cómo ese pensamiento rige hoy tus creencias, tus palabras y tus acciones.
Aceptar es mirar con dignidad lo que dolió y entender que, aunque no fue justo, sí fue real.
Y que su realidad explica por qué tu historia pesa como pesa.
Las lecturas de este cuaderno te acompañan a mirar tus reacciones y tus recuerdos con claridad. A observar cómo la herida se volvió estructura, y cómo esa estructura te ha sostenido, pero también limitado.
Aquí, el tiempo y la paciencia se vuelven esenciales:
lo que se bloqueó durante años empieza a revelarse con calma.
Has aprendido a tolerar lo que sientes sin tener claro lo que sabes, y poco a poco, esa brecha se acorta.
Cada comprensión cambia tu percepción, y con ello tu relación contigo y con tu historia, se vuelve más adulta, más libre.
El niño que fuiste no desaparece: se reconcilia contigo cuando eliges actuar desde la dignidad, no desde la herida.
Este es un acto de verdad interna.
Aceptar es dejar de pelear con tu historia y empezar a comprenderla desde el adulto que hoy eres.